19 nov. 2010

Parte I: Reflexiones sobre la democracia

Hace algún tiempo que leí este artículo de John Snyder y fue muy gratificante comprobar que había alguien en el mundo –aunque estuviera tan lejos– que había llegado a las mismas conclusiones que yo, si bien por otras vías. Nunca se ponderará bastante lo que supuso la Reforma en la evolución política de Europa y Norteamérica, pero realmente su incidencia en el nacimiento del sistema democrático, tal y como nosotros lo conocemos actualmente, fue decisiva y marca un antes y un después en la evolución de los países que adoptaron los principios reformados. Por eso, me ha parecido oportuno traducir el artículo del Sr. Snyder, para que más gente en España tenga una idea clara de los fundamentos de nuestra sociedad.

Fuente: John Snyder. Thoughts on Democracy. Part one. = Reflexiones sobre la democracia. 1a Parte.

¿Alguna vez os habéis preguntado por qué la libertad política y religiosa apareció por primera vez, según parece, en el seno de la civilización cristiana? Quizás nunca habíais reparado en ello hasta el momento. Pero ya puestos, ¿alguna vez os habéis planteado por qué el desarrollo de la democracia liberal ha sido consecuencia directa del cristianismo protestante de los siglos XVI y XVII?
Permitidme que os dé una breve lección de historia. No es una historia «políticamente correcta» ni es la adoptada por la intelectualidad multiculturalista o la izquierda política. Pero aún así es la pura verdad.
La primera democracia de éxito que apareció en la historia del mundo fue Inglaterra. Sí, ya sé que seguramente habéis oído decir que fue Atenas, pero ese primer experimento político desapareció en el polvo de la historia dos mil años antes de que la Revolución Puritana estableciera el primer estado liberal y democrático perdurable. Antes de que el parlamentarismo eclosionara bajo los puritanos, nadie había dado realmente con la idea adecuada de democracia. Fueron John Locke, Sam Rutherford y Juan Calvino los auténticos progenitores de la democracia liberal, no Pericles o Temístocles.
Es verdad que la democracia ateniense fue la primera en el tiempo, pero no duró mucho. De hecho, fue un completo fiasco. Mientras que el éxito de los países modernos, tales como los Estados Unidos e Inglaterra, es el resultado –según la opinión de la mayoría– de sus instituciones políticas, en el caso de Atenas hay poderosos argumentos para pensar que su éxito cultural se produjo a pesar de su régimen democrático. De hecho, los arquitectos de la constitución norteamericana tuvieron en cuenta la experiencia ateniense, pero como ejemplo… ¡de lo que no se tenía que hacer! Si bien es cierto que las piezas teatrales y la filosofía de la Edad de Oro ateniense sobrevivieron, no es menos cierto que su experimento político no sobrevivió y apenas duró un corto período de tiempo.
La verdad es que hasta la Revolución Puritana en Inglaterra
, la democracia fue rechazada de plano por toda la gente instruida que la consideraba una monstruosidad política. Platón, que es el padre indiscutible de la filosofía occidental, escribió su obra más importante, La República, como un alegato en contra de la democracia. De hecho, todo su proyecto abogaba por un estado construido en base a una jerarquía de la virtud, para que la despreciable fantasía y locura de la «gente» no arruinara la vida honesta y las libertades de su amada Atenas. Por mucho que divaguen los sabelotodo en las universidades, antes de la llegada de los puritanos, la «democracia» era una palabra realmente maldita. Y con razón; no pudo hacer gala de mucha virtud cuando tuvo ocasión de poner en práctica la prudencia. Puede que recuerdes a Sócrates, tal vez el maestro secular más importante que hubo entre el tiempo de Moisés y de Jesús, el cual fue condenado a beber cicuta en base al voto de la mayoría de los reunidos en el Areópago de Atenas.
En la misma línea, el propio Jesucristo fue condenado por una simple votación a viva voz cuatrocientos años más tarde en el centro de Jerusalén. No es un dato muy positivo.
He llamado vuestra atención sobre estos hechos para clarificar algunas cosas que han sido deliberadamente oscurecidas por nuestras actuales universidades seculares. La democracia, antes de formar parte integrante de la mentalidad calvinista, fue un completo fracaso. A pesar de todas las pretensiones y aseveraciones en contra que reivindican la democracia como producto de la Ilustración o el Renacimiento, lo cierto y verdad es que la democracia liberal es fruto única y exclusivamente de la Reforma protestante.
En la actualidad hay aproximadamente un centenar de democracias en el mundo con un grado de desarrollo dispar. Todas y cada una de ellas han recogido, directa o indirectamente, los fundamentos democráticos de los países que se sometieron a una reforma protestante, y muy especialmente, de los que adoptaron el protestantismo reformado llamado Puritanismo, es decir, el Calvinismo.
Para empezar, los Estados Unidos, Australia, Canadá y Nueva Zelanda son los herederos directos de esa gran tradición iniciada en Inglaterra. El modelo puritano tuvo algunos primos protestantes, los cristianos reformados de Holanda y los calvinistas de Suiza. Durante un breve pero glorioso período de tiempo, los hugonotes prosperaron en Francia y Bélgica hasta que fueron exterminados por la monarquía católica. Antes de 1800 las democracias del planeta se podían contar con los dedos de una mano y todas ellas eran indiscutiblemente protestantes y sus orígenes había que buscarlos en la cristiandad reformada.

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