Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Monacato. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Monacato. Mostrar tots els missatges

18 de maig 2013

Sobre los votos monásticos (1521) XIII

Sic quod charitatem exerceri inter ipsos monasticos posse, ut invicem serviant, verum est, sed non vere dictum. Charitas enim libera est, nullis personis proprie addicta, at illi suis et sibi ipsis duntaxat alligant, aliorum prorsus negligentes, quae charitas ficta est et fomentum sectarum et odiorum, sicuti videmus monasteria adversus monasteria, ordines adversus ordines mutuo insanire et zelare. Germana autem illa et universalis charitas ab Apostolo i. Corin. xiii. [1. Cor. 13.] descripta, quae omnibus exposita est, amicis et inimicis, ad serviendum, est illis prohibita et illicita. Quia, ut supra diximus, religioso non licet exire monasterium, visitare infirmos et alia Christiana obsequia impendere, etiam si opus sit et possit: imo contra pervertentes omnia, positis manuum operibus, ipsi ociosi sinunt solis sibi benefieri a toto mundo, omnium substantiam devorantes, bene sani et robusti, magno etiam incommodo vere pauperum, rependunt vero suis benefactoribus spiritualia opera misericordiae, quae sunt cultus ille dei, quem supra descripsimus, multum murmurando, boando, halando, legendo &c. In primis autem Missae illae execrabiles et abominabiles coram deo.
Así, si bien es cierto que puede ejercerse el amor cristiano entre los religiosos mismos, mediante el servicio que unos prestan a los otros, en la práctica, sin embargo ello no sucede. El amor es algo que se ejerce libre y espontáneamente, no con restricción a determinadas personas; ellos en cambio lo hacen extensivo sólo a los suyos y a sí mismos, descuidando por completo a los demás; tal amor es ficticio y fomenta facciones y odios, como lo vemos en las encarnizadas luchas de un convento contra otro, y de una orden contra la otra. Aquel amor genuino y universal, descripto por el Apóstol en 1 Corintios 13, que ofrece sus servicios a todos por igual, tanto amigos como enemigos: ése es para ellos cosa prohibida e ilícita. Pues como ya dijimos, a un religioso no le es lícito salir del monasterio, visitar enfermos y dedicarse a otros servicios cristianos, ni siquiera cuando existe la necesidad y posibilidad de hacerlo; por el contrario, a despecho de toda sana práctica, se quedan con los brazos cruzados, permitiendo que el mundo entero los colme de bienes a ellos solos; sanos y robustos, devoran el sustento de todos, incluso para gran perjuicio de los que en verdad son pobres. Y a sus benefactores les pagan con sus obras espirituales de misericordia, tales como aquel culto divino antes descripto, el mucho murmurar, el gritar, el cantar cadenciosamente, el leer, etc. Pero lo que ante todo es execrable y abominable delante de Dios son esas famosas misas.
Hac figura verborum et extinguunt vera illa, quae Christus exigit, opera misericordiae et seipsos solantur super extinctione eiusmodi, ne quando impietatem hanc agnoscant et poeniteant et venia digni fiant. Si pro solis adolescentibus eum morem servarent, ne passim liceret vagari, quo aetas mollior et fluxa facilius frenaretur et in monasteriis disceret domesticam charitatem, quam postea in publico exhiberet communem omnibus, tolerabilis, imo bona foret institutio. Nunc vero tota vita pueri sunt et domesticam discunt charitatem, imo eam summam et solam arbitrantur. Videmus autem divinum opus in Bernhardo et similibus, quos ne in puerili illa et angusta charitate relinqueret, rapuit in medias res mundi magnas et multas, ut in iis charitas genuinam suam vim ostenderet, diffusa dilatataque ad omnes, omnibus exposita et parata, atque hoc secreto miraculo illos servavit, ne perirent in damnabili isto instituto angustae et fictae charitatis, in qua caeteri hoc opus dei non intelligentes perierunt. Quanquam non negem aliquos ea charitate salvos factos, qua solis suis servierunt, quod occasio eis defuerit et aliis servire, cum ipsi parati essent omnibus servire. Ipsum institutum damno, quod prohibet servire aliis quam suis monasticis.
Con esa vana palabrería extinguen lo verdadero que Cristo exige, las obras de misericordia, y se consuelan a sí mismos de esa desaparición, no sea que algún día reconozcan su impiedad y se arrepientan de ella, y se hagan dignos de la gracia. Si esta costumbre (de recluirse en el monasterio, etc.), la observasen sólo en bien de los cofrades adolescentes, para no permitirles la posibilidad de vagar por todas partes, para poder refrenarlos tanto más fácilmente en esa su edad algo débil e inconstante, y para enseñarles en el monasterio el amor familiar que más tarde habrán de practicar en público y para con todos sin discriminación: entonces sería tolerable, y hasta se podría llamar una buena institución. ¡Pero en toda su vida son en realidad niños, y en toda su vida no aprenden otro amor que ese «amor doméstico», y para colmo creen que es el supremo y único amor! Pero veamos sin embargo el obrar divino en hombres tales como San Bernardo y otros: para no abandonarlos en ese amor pueril y estrecho, Dios los arrojó en medio de los muchos y grandes negocios de este mundo, para que en ellos el amor mostrase su verdadera fuerza, inundando y abarcando a todos, ofreciendo sus servicios a todos; y mediante este oculto milagro, Dios los preservó de perecer en aquella condenable práctica del amor estrecho y ficticio en la cual los demás, no entendiendo el obrar divino, perecieron. No quiero negar, por otra parte, que algunos llegaron a ser salvos aun teniendo un amor que se prodigaba a los suyos solamente, por cuanto les faltaba la ocasión de servir a los demás, si bien estaban sinceramente dispuestos a servir a todos. Lo que condeno es la práctica misma, porque prohíbe servir a persona alguna que no sea hermano del mismo convento.

5 de maig 2013

Sobre los votos monásticos (1521) XII

Et superius ubi de fide egimus, satis ostendimus, ut adversus primam tabulam seu tria prima praecepta pugnet institutum istud monasticum. Fides enim in primo, laus et confessio nominis in secundo, et opera dei in nobis in tertio praecipiuntur. In his tribus absolvitur verus ille et legitimus cultus dei. At institutio voti, dum docet opera, fidem evacuat (ut diximus) et inde abiecto nomine dei suum erigunt. Neque enim Christiani amplius nec filii dei, sed Benedictini, Dominicani, Franciscani, Augustiniani dicuntur: hos et suos patres prae Christo iactant. Neque enim hoc nomine salvi et iusti fieri praesumunt, quod baptisati, quod Christiani sunt, sed hoc solo, quod sui ordinis nomen habent. Ideo in suum nomen confidunt, in hoc gloriantur, quasi baptismus et fides iam olim velut naufragio perierint. Non ergo assumunt et invocant nomen domini nisi in vanum, sed nomen suum, quod per opera erexerunt. Videas enim eos plane desperare, si ordinem suum non servasse sibi conscii fuerint, necessarium enim ad iustitiam et salutem arbitrantur. Ubi autem servasse aut doluisse de non observato sese viderint, tum hoc nomine secure expectant coronam gloriae, longe securius, quam quod baptisati sint in Christum, imo obliti sunt, ne cogitant quidem unquam sese esse baptisatos in opera Christi, ut in eis confidant, sua quaerunt et spectant, ut hoc nomine apud deum coronentur, quod religiosi fuerint. Sat habent, si suos patres aemulati, eorum tum statuta tum exempla similibus operibus attigerint vel doluerint sese non attigisse, ut autem Christum habeant et opera eius in fide, contemnunt. O horrendam perditionem!
Ya antes, al hablar de la fe, pusimos de relieve con suficiente claridad que la institución monástica como tal está en pugna con la Primera Tabla, es decir, los primeros tres mandamientos. En efecto, en el primer mandamiento se manda tener fe; en el segundo, que se alabe y se confiese el nombre de Dios, en el tercero, que se hagan efectivas en nosotros las obras de Dios; estos tres preceptos constituyen el verdadero y legítimo servicio a Dios. Pero la práctica del voto, al enseñar obras, le quita a la fe su fuerza (como ya dijimos); de ahí que los que lo practican, desechan el nombre de Dios e implantan el suyo propio. Pues ya no se llaman cristianos ni hijos de Dios, sino benedictinos, dominicos, franciscanos, agustinos; a éstos y a sus padres los ponderan grandemente, más que a Cristo. Y ya no depositan su esperanza de salvación y justificación en el hecho de ser bautizados y de ser cristianos, sino en el solo hecho de llevar el nombre de su orden. Así es que confían en su propio nombre y en él se glorían, como si el bautismo y la fe ya mucho hubieran sucumbido como por naufragio. Por eso, si usan el nombre del Señor, sólo lo usan en vano; y ni tampoco lo invocan con la debida confianza; en cambio, usan su propio nombre, al que mediante sus obras colocaron sobre un alto pedestal. Y así puedes verlos caer en la más profunda desesperación cuando se dan cuenta de que no observaron las reglas de su orden, pues tal observancia la consideran necesaria para la justicia y la salvación. Pero cuando creen haberlas observado, los anima, a raíz de tal circunstancia, la esperanza de alcanzar con seguridad la corona de la gloria, con una seguridad mucho mayor que la que les confiere el hecho de haber sido bautizados en Cristo; esto ya lo olvidaron, y ni por un momento piensan en que fueron bautizados en las obras[1] de Cristo para que en ellas confiasen, sino que buscan lo suyo propio y esperan recibir de Dios la corona por llevar el nombre de una determinada orden de la que fueron miembros. Si fueron dignos émulos de sus padres, si se pusieron a la altura de los estatutos y ejemplos de aquellos con obras similares, o si se dolieron de no haberlo logrado plenamente: esto les basta; pero el poseer en fe a Cristo y sus obras, esto les parece poca cosa. ¡Oh horrenda perdición!
Ita vides: ut fides et primum praeceptum stare cum doctrina monastici voti non potest (nisi miraculo gratiae dei), ita nec praeceptum secundum cum eius iactantia et titulis. Cum enim solus Christus ascendat in coelum, qui et descendit et est in coelis [Joh. 3, 13.], impossibile est, ut Benedictinus, Augustinianus, Franciscanus, Dominicanus, Carthusianus et sui similes in coelum ascendant. Omne enim hoc hominum vulgus coelum petit lampadibus inanibus, id est, operibus propriis, et sine operibus propriis nihil praesumunt apud deum, sic enim docet eos forma vitae et voti sui. At Christianus ascendit operibus alienis, nempe Christi, in quem baptisatus et transplantatus vivit iam non ipse, sed Christus in ipso [Gal. 2, 20.], sanctificans ei sabbatum plenissime ab operibus suis omnibus. Quam horrendum est igitur ea teneri conscientia, non posse salvari, nisi ordinem tuum servaris, posse autem salvari, si servaris? Nonne hic tacetur Christus totus? At haec conscientia nusquam esset, si voti institutum non esset, nunc autem ubique est. Nusquam ergo sabbatum sanctum est, sed impletur illud psal. lxxiii. [Ps. 74, 8.] ‘Polluamus omnes dies festos dei in terra’. Tu vide, an hoc non sit illud, quod Paulus Roma. ii. dicit [Röm. 2, 22. 24.]: ‘Qui abominaris idola, sacrilegium facis, nomen enim domini per vos blasphematur in gentibus’. Quis ex omnibus hominibus iactat cultum dei aeque atque monastici? nemo idololatriam magis execratur, sed ecce sacrilegi sunt. Quod sacrum rapiunt? hoc quo omnia sanctificantur, sanctum nomen dei. Nomen enim Christianum extinguunt et suum statuunt in eius locum, volentes in eo salvi fieri, quod in solo nomine Christi fieri potest et debet, sicut dicit Petrus Act. xv. [Apgsch. 4, 12.] ‘Nec est nobis aliud nomen datum sub coelo, in quo nos oporteat salvos fieri’.
Como tú ves, así como la fe y el primer mandamiento no pueden subsistir junto a la doctrina del voto monástico (a no ser por un milagro de la gracia divina), así tampoco puede subsistir el segundo mandamiento al lado de su jactancia y sus vanos títulos. Pues como nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo el Hijo del Hombre que está en el cielo[2], es imposible que un benedictino, agustino, franciscano, dominico, cartujo o cualquier otro similar a ellos suba al cielo; porque toda esa gente busca el cielo con lámparas vacías, esto es, con sus propias obras, y sin sus propias obras nada esperan de parte de Dios, pues así se lo enseña la regla que rige su vida y su voto. El cristianismo empero sube al cielo por obras ajenas, a saber, por las de Cristo, en el cual ha sido bautizado y trasplantado, de modo que ya no vive él mismo, sino Cristo en él[3], quien le santifica el sábado de la manera más completa echando fuera todas sus obras propias. ¡Cuán horrendo es, por lo tanto, estar dominado por el sentimiento de que no puedes ser salvo a menos que cumplas con las reglas de tu orden, y que sí te salvarás con tal de cumplirlas! ¿No significa esto dejarlo a Cristo totalmente a un lado? Ese sentimiento no existiría si no fuera por la institución del voto; pero ahora se lo halla por todas partes. Por esa razón no hay en ninguna parte un sábado verdaderamente santificado, sino que se cumple lo dicho en el Salmo 73: «Mancillemos todos los días festivos de Dios en la tierra»[4]. Y fíjate bien: ¿no habla de lo mismo también S. Pablo en Romanos 2:22, 24? Allí dice: «Tú que abominas de los ídolos, cometes sacrilegio, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros». ¿Quién de entre todos los hombres pondera el culto a Dios en tal forma como lo ponderan les monjes? Ellos son los que más maldicen la idolatría, pero he aquí, ellos mismos son sacrílegos, vale decir, gente que roba cosas sagradas. ¿Qué cosa sagrada roban? Aquello por lo cual todas las cosas son santificadas, el santo nombre de Dios; pues eliminan el nombre «cristiano» y lo reemplazan con el suyo propio, y en ese su propio nombre quieren ser salvos, cosa que sólo en el nombre de Cristo puede y debe hacerse, como dice Pedro en Hechos 4:12: «Ningún otro nombre nos es dado bajo el cielo, en el cual podamos ser salvos»[5].
Ut enim impossibile est, eum, qui fide in Christum nititur, nomine proprio salutem quaerere (nescit enim opera et merita nisi Christi solius, ideo non habet nomen, in quo salvetur et sanctificetur nisi Christi solius), ita impossibile est eum, qui operibus et votis nititur, non quaerere proprio nomine salutem. Habet enim opera et merita praeter Christi opera et merita, habet ergo et nomen aliud praeter Christi nomen. Hoc autem quid est aliud quam nomen Christi rapere, et sibi ipsi tribuere et dicere ‘Ego sum Christus’, ut supra ex Matth. xxiiii. [Matth. 24, 5.] retulimus? quo sacrilegio quid potest esse magis sacrilegum? Qui enim dicit: ‘Ego per opera mea salvabor’, nihil aliud dicit, quam: ‘Ego sum Christus’, cum solius Christi opera salvent, quotquot salvantur. Atque haec est ista blasphemia nominis domini in gentibus [Röm. 2, 24.], quod sanctitas et sanctificatio alteri quam nomini domini iam passim tribuitur. Omnium enim ore ordines eorum sancti dicuntur, quasi santificent suos observatores, aut quasi sanctum sit in eis incedere, cum solum nomen domini sanctificet, et in solo ipso incedere sanctum sit. Huius vulgatissimae blasphemiae autores ipsi sunt suis sacrilegiis, quibus nomen domini et opus nominis domini sibi arripiunt et arrogant, seducentes et allicientes hac blasphemia totum orbem.
En efecto: es imposible que busque la salvación en su propio nombre quien en fe firme se aferra a Cristo, pues el tal no sabe de obras ni de méritos sino de los de Cristo sólo, por eso tampoco tiene nombre alguno en que pueda ser salvado y santificado, sino solamente el nombre de Cristo. Así, no es menos imposible que busque la salvación en su propio nombre quien se aferra a las obras y los votos. Pues como él tiene obras y méritos fuera de las obras y los méritos de Cristo, tiene también otro nombre fuera del nombre de Cristo. Y esto, ¿qué otra cosa es sino robar el nombre de Cristo, y otorgárselo a uno mismo y decir «Yo soy el cristo», como expresamos más arriba citando a Mateo 24?[6] Robo de cosas sagradas mayor que ése no puede haber, porque quien dice «Yo seré salvo por mis propias obras», no dice otra cosa que «Yo soy Cristo», puesto que todos cuantos son salvados, lo son exclusivamente por las obras de Cristo. Y esta es aquella blasfemia infligida al nombre de Dios entre los gentiles[7], a saber, que por todas partes se atribuye ahora la santidad y la santificación no al nombre de Dios, sino a otro nombre. Efectivamente, todo el mundo llama santas las órdenes monásticas, como si ellas santificasen a quien las observa, o como si fuese cosa santa vivir en ellas, cuando en realidad sólo el nombre del Señor santifica, y cuando lo verdaderamente santo es vivir en su nombre solo. Los autores de esa tan difundida blasfemia son ellos mismos con su sacrílega actitud por la que se apropian y arrogan el nombre del Señor y la obra de su nombre, seduciendo y cautivando con su blasfemia al orbe entero.


[1] “En las obras”: construcción análoga a “en Cristo, en su muerte”, en Ro. 6: 3.
[2] Jn. 3: 13.
[3] Gá. 2: 20.
[4] “Polluamus omnes dies festos dei in terra”; Vulg. Sal. 73: 8: “Quiescere faciamus omnes dies festos dei a terra”. (Hagamos desaparecer de la tierra todos los días festivos de Dios). Valera Rev. 1960: Sal. 74: 8: “Han quemado todas las sinagogas de Dios en la tierra”.
[5] El original tiene ‘Act. XV’.
[6] Pág. 123, al pie.
[7] Ro. 2: 24.

22 d’abr. 2013

Sobre los votos monásticos (1521) XI


Fatemur et nos, virginitatem esse rem maximam, si res inter sese comparentur, sed simul dicimus: Si virgo sese itidem coram deo caeteris superiorem, imo parem fecerit, Satanae virgo est. In novissimo loco sedere docet Euangelium et invicem superiores arbitrari [Luc. 14, 10., Phil. 2, 3.]. Sic ergo tractanda et docenda est virginitas, ut nulla lege, nulla necessitate, nulla spe premii, sed gratuita et voluntaria mente servetur, ut exempli gratia virgo sic cogitet: Quanquam possim nubere, tamen placet virginem manere, non quia praecepta, non quia consulta, non quia praeciosa et magna prae caeteris virtutibus, sed quia sic mihi visum est vivere, sicut alteri visum est nubere vel agricolari. Nolo enim molestias coniugii, volo libera esse a curis et deo vacare. Ecce hoc est simplicitate Christiana virginem esse, quae non in seipsa, sed in Christo glorietur. Unusquisque enim in dono suo debet gratis deo servire, omnes autem communi fidei virginitate in uno Christo gloriari, ubi non est masculus neque femina, ita nec virgo nec coniunx, nec vidua nec coelebs, sed omnes unum in Christo [Gal. 3, 28.].
También nosotros reconocemos que la virginidad es una de las cosas más grandes, cuando de comparar cosas se trata; pero al mismo tiempo declaramos: si una virgen, por el mero hecho de serlo, se coloca a sí misma ante Dios en un plano superior a los demás, o siquiera igual, entonces es una virgen de Satanás. El evangelio nos enseña a sentarnos en el último lugar y a estimar cada uno a los demás como superiores a él mismo[1]. Por ende, la cuestión de la virginidad debe ser tratada y enseñada de una manera tal que se la observe no por alguna ley u obligación, no por la esperanza de obtener un premio, sino por libre voluntad, gratuitamente; una virgen debería abrigar, por ejemplo, este pensamiento: si bien nada me impide casarme, sin embargo prefiero permanecer virgen, no porque sea un mandamiento, o porque sea aconsejable, ni porque sea algo precioso y algo que sobresalga de entre las demás virtudes, sino porque me parece bien vivir en ese estado, así como a otro le parece bien casarse o dedicarse a la agricultura. Pues no quiero cargar con las molestias del matrimonio, sino que quiero estar libre de preocupaciones y tener tiempo para servir a Dios. He aquí, esto es lo que se llama ser una virgen en sencillez cristiana, que se gloría no de sí misma sino en Cristo. Pues cada cual debe servir a Dios gratuitamente con su propio don; todos empero, en la común virginidad de la fe, deben gloriarse en Cristo solo, donde no hay varón ni mujer, ni virgen ni cónyuge, ni viuda ni célibe, sino que todos son uno en Cristo[2].



[1] Lv. 14: 10; Fil. 2: 3.
[2] Gá. 3: 28.

7 d’abr. 2013

Sobre los votos monásticos (1521) X

Hanc igitur scientiam libertatis et sanitatem conscientiae petunt omnes insidiae humanarum et impiarum doctrinarum. Hic serpentis astutia simplicitatem, quae in Christo est, quaerit corrumpere. Hic vides, quam impiae sint leges de satisfactionibus, quibus docemur per opera nostra delere peccata. Rictus rapacium luporum sunt, qui conscientias a Christo divellunt et laceratas in opera propria dispergunt miserrime, semper discentes, semper operantes, et tamen ad veritatem et pacem nunquam pervenientes [2. Tim. 3, 7.]. Hos lupos Paulus Act. xx. [Apgsch. 20, 29.] graves vocat, qui intraturi erant non parcentes gregi, loquentes perversa, ut trahant discipulos post se. Quid est discipulos post se trahere, nisi a Cristo avellere? Hoc fit, dum conscientiae docentur operibus suis sese sanare, peccata delere et gratiam mereri, cum hoc in solis Christi operibus per fidem quaerendum sit.
Ese conocimiento de la libertad e integridad de la conciencia es el blanco de todas las acechanzas de las doctrinas humanas e impías. Aquí, la serpiente con su astucia trata de destruir la sinceridad que está en Cristo[1]. Y aquí puedes ver cuán impías son las leyes respecto de las satisfacciones, leyes en que se nos enseña que con nuestras obras borramos los pecados. Fauces abiertas de lobos rapaces son[2], que con violencia arrancan a las conciencias de Cristo y, después de lacerarlas, para colmo de males las dispersan en dirección a las propias obras; siempre están aprendiendo, siempre están ocupados en hacer obras, y sin embargo, jamás pueden llegar a la verdad y a la paz[3]. A estos lobos, Pablo en Hechos 20: 29 los llama rapaces, pues entrarían y no perdonarían al rebaño, y hablarían cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. ¿Qué es «arrastrar tras sí a los discípulos» sino separarlos de Cristo? Esto sucede cuando se enseña a las conciencias que ellas mismas, por sus obras, se sanan, borran sus pecados y merecen la gracia, cuando en realidad todo esto ha de buscarse solamente en las obras de Cristo, mediante la fe.


[1] 2 Co. 11: 3.
[2] “Fauces abiertas…son” los que enseñan tal cosa.
[3] 2 Tim. 3: 7.

Sobre los votos monásticos (1521) IX

Haec quaestio movetur, ut videamus naturam libertatis Christianae. Est itaque libertas Christiana seu Euangelica libertas conscientiae, qua solvitur conscientia ab operibus, non ut nulla fiant, sed ut in nulla confidat. Conscientia enim non est virtus operandi, sed virtus iudicandi, quae iudicat de operibus. Opus eius proprium est (ut Paulus Roma. ii. dicit [Röm. 2, 15.]) accusare vel excusare, reum vel absolutum, pavidum vel securum constituere. Quare officium eius est, non facere, sed de factis et faciendis dictare, quae vel ream vel salvam faciant coram deo. Hanc igitur Christus liberavit ab operibus, dum per Euangelium eam docet nullis operibus fidere, sed in solius sua misericordia praesumere. Atque ita heret fidelis conscientia in solis operibus Christi absolutissime, et est columba illa in foraminibus petrae et in cavernis maceriae [Hohel. 2, 14.], sciens certissime, se non posse securam et quietam esse nisi in solo Christo, in omnibus vero operibus propriis non posse nisi ream et pavidam damnatamque manere. Sic ergo discernit et iudicat inter opera Christi et sua. Christi opera apprehendit et dictat in hunc modum: Per haec ego iustificabor et servabor et liberabor ab omnibus peccatis et malis, de quo non dubito, quia in hoc ipsum sunt per eum facta et in baptismo super me effusa, sine his non est salus, non est pax ossibus meis, non est satisfactio peccatorum [Ps. 38, 4.]. Sua vero opera mala videt et damnat, sed in Christi operibus vincit et contemnit, ne sese mordere possint. Potentiora sunt opera Christi ad nos liberandos et pacificandos, quam nostra sunt ad captivandos et terrendos, si tamen hoc credideris. Opera vero sua bona apprehendit et dictat ea facienda gratis ad commodum solum proximi et ad exercendum corpus, nequaquam ad iustitiam, pacem, satisfactionem peccatorum et remissionem parandas. Quia haec non nisi in Christi operibus quaerit et invenit fide constanti, sicut videt Christum fecisse sua opera gratis, ad commodum nostrum et pro usu corporis sui ad voluntatem dei.
Esta cuestión ha sido planteada para que dirijamos nuestra atención a la naturaleza de la libertad cristiana. La libertad cristiana o evangélica es, pues, la libertad de la conciencia, por la cual la conciencia es desligada de las obrás, no en el sentido de que no haya que hacer obrra alguna, sino en el sentido de que no hay que depositar la confianza en obra alguna. Pues la conciencia no es como un poder ejecutivo, sino como un poder judicial, que juzga sobre las obras. Su obra específica es (como Pablo dice en Romanos 2: 15) acusar o excusar, declarar culpabilidad o absolver, infundir temor o conferir seguridad. Por lo tanto, la tarea de la conciencia no es «hacer» algo, sino dictar un fallo sobre lo que se hizo y lo que se debe hacer, y decir qué cosas pueden hacer a la conciencia culpable ante Dios y cuáles la dejan sin cargo. Tenemos, entonces, que Cristo libró a la conciencia de las obras, pues que en su evangelio le enseña que no confíe en obra alguna, sino que se aferre y se atenga sólo a la misericordia de él. Y así, la conciencia creyente se basa, con exclusividad absoluta, en las obras de Cristo, cual «paloma que anida en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas»[1] dándose perfecta cuenta de que no puede hallar seguridad y reposo sino en Cristo solo y que, en cambio, con todas sus propias obras no puede más que permanecer culpable, aterrada y condenada. Así, pues, discierne y juzga entre las obras de Cristo y las suyas propias. A las obras de Cristo se aferra, y de ellas afirma lo siguiente: por estas obras –de eso no me cabe la menor duda– yo seré justificada y preservada y librada de todos los pecados y males, porque para esto mismo han sido hechas por él y han sido derramadas sobre mí en el bautismo; sin estas obras no hay salvación, ni hay paz en mis huesos[2], ni hay satisfacción por los pecados. Sus propias obras malas empero las ve y las condena, mas las vence en virtud de las obras de Cristo, y las desprecia para que ya no la puedan dañar. Más poderosas son las obras de Cristo, para librarnos y apaciguarnos, que las obras nuestras para cautivarnos y aterrarnos; esto puedes creerlo con toda seguridad. Pero de sus propias obras «buenas», la conciencia también se ase, y respecto de ellas sostiene, que deben ser hechas gratuitamente, sólo para el bien del prójimo y para la ejercitación del cuerpo, y de ninguna manera para proporcionar justicia, paz, satisfacción por los pecados y remisión; porque estas cosas, la conciencia las busca sólo en las obras de Cristo, y allí las halla en una fe constante, así como ve que Cristo ha cumplido gratuitamente «sus» obras, para bien nuestro y para el uso de su cuerpo según la voluntad de Dios.




[1] Cantar de los Cant. 2: 14, versión Nácar-Colunga.
[2] Sal. 38: 3.

28 de març 2013

Sobre los votos monásticos (1521) VIII

Hos proprie Christus praedixit Matth. xxiiii. [Matth. 24, 5.] ‘Multi venient in nomine meo dicentes: Ego sum Christus’. Observa, quaeso, verba Christi ‘In nomine meo venient dicentes: Ego sum Christus’. Papistae illi religiosi nunquam appellant se vocabulo isto ‘Christus’, nullus dicit: ‘Ego vocor vel appellari volo Christus’. Omnes autem dicunt: ‘Ego sum Christus’, nomine abstinent, sed officium, opus et personam arrogant. Quaeris, quomodo id faciant? Audi: Christi solius proprium est, suis meritis et operibus iuvare et salvare alios. Caeterorum opera nullis, nec sibiipsis prosunt, quia stat sententia [Röm. 1, 17.]: ‘Iustus ex fide sua vivet’.
Precisamente de ellos profetizó Cristo en Mateo 24:5: «Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: yo soy el Cristo». Fíjate bien en las palabras de Cristo: «En mi nombre vendrán, diciendo: yo soy el Cristo». Aquellos religiosos papistas nunca se llaman a sí mismos con este vocablo, ‘Cristo’; ninguno dice: «Yo soy llamado o quiero ser llamado Cristo». Sin embargo, todos dicen: «Yo soy el Cristo»; se abstienen de usar el nombre, pero se arrogan el oficio, la obra y la persona. ¿Me preguntas cómo lo hacen? Escucha: Ayudar y salvar con sus méritos y obras a otros es propio de Cristo solo. Las obras de los demás no aprovechan a nadie, ni siquiera a ellos mismos, porque siempre sigue en pie la declaración: «El justo por su fe vivirá»[1].
Fides enim nos super opera Christi ponit, sine operibus nostris, et transfert de exilio peccatorum nostrorum in regnum iustitiae illius. Haec est fides, hoc Euangelium, hic Christus. At Papistae hanc fidem quo ducunt? Nonne super seipsos? Docent enim homines fidere super sua merita, et communicant opera sua et fraternitates suas caeteris peccatoribus, ut peccata eorum portent et deleant iustosque et salvos faciant. Nonne hoc est dicere: ‘Ego sum Christus’? Nonne hoc est facere, quod Christus facit? Non iam sunt Christiani, sed Christus. Quia Christiani diffinitio est haec: credens solius Christi operibus solis sine propriis iustificari, a peccatis liberari et salvari. Christi diffinitio est [Matth. 1, 21.]: ‘Qui salvum facit populum suum a peccatis eorum’, donans illis sua propria merita et universam iustitiam. At hoc faciunt nostri monastici. [Matth. 24, 5.] ‘In nomine (inquit) meo venient’, hoc est, faciunt ista, non ut gentiles, sed ut Christiani, imo ut Christianissimi. Non enim sinunt quenquam alium de nomine Christiano superbius gloriari.
En efecto, la fe nos asienta sobre las obras de Cristo, sin las obras nuestras, y nos traslada del exilio de nuestros pecados al reino de su justicia. Esta es la fe, este es el evangelio, este es el Cristo. Los papistas empero, ¿hacia dónde dirigen ellos esta fe? ¿No la dirigen sobre ellos mismos? Pues ellos enseñan a los hombres a confiar en sus méritos[2], y ofrecen participación en sus obras y sus fraternidades a los demás pecadores, alegando llevar y borrar sus pecados y hacerlos justos y salvos. ¿Qué es esto sino decir: “Yo soy el Cristo”? ¿Qué es esto sino hacer lo que hace Cristo? Ya no son cristianos, sino que son el Cristo en persona. Porque la definición del cristiano es esta: uno que cree ser justificado, librado de pecados y salvado única y exclusivamente por las obras de Cristo y no por las propias. Y Cristo mismo queda definido aquí: “El que salva a su pueblo de sus pecados”[3], el que les regala sus propios méritos y toda justicia. Justamente esto es lo que hacen nuestros monjes. “En mi nombre –dice Cristo– vendrán”, esto es, hacen estas cosas no como gentiles, sino como cristianos, y como los más cristianos de todos, porque no permiten que nadie se gloríe más orgullosamente que ellos de su nombre de cristianos.




[1] Ro. 1: 17.
[2] “Super sua merita”, esto es, los méritos de los que tal cosa enseñan.
[3] Mt. 1: 21.

Sobre los votos monásticos (1521) VII

Fides enim Christi non potest pati, ut vel nostris vel aliorum operibus gratia et iustitia veniat: hoc enim solius Christi esse scit et confitetur constanter: quam si illi docerent, non sua opera venderent aliis, sed se et omnes ab operum fiducia in solum Christum raperent, simul ostendentes, quam nihil sit necessarium ad iustitiam, ad salutem, ad remissionem peccatorum suum votarium vitae genus, sed solam fidem esse necessariam.
La fe cristiana, pues, no puede tolerar que la gracia y la justicia vengan de nuestras propias obras o de las de otro: ella sabe, y así lo confiesa con firmeza, que esto es exclusivamente obra de Cristo. Si nuestros antagonistas enseñasen esta fe, no andarían vendiendo sus obras a otros, sino que disuadirían a sí mismos y a todos los demás de la confianza en las obras y señalarían como único Salvador a Cristo, mostrando al mismo tiempo cuán innecesaria es para la obtención de la justicia, para la salvación y la remisión de pecados, esa su vida reglamentada por votos, y que lo único necesario es la fe.