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18 de maig 2013

Sobre los votos monásticos (1521) XIII

Sic quod charitatem exerceri inter ipsos monasticos posse, ut invicem serviant, verum est, sed non vere dictum. Charitas enim libera est, nullis personis proprie addicta, at illi suis et sibi ipsis duntaxat alligant, aliorum prorsus negligentes, quae charitas ficta est et fomentum sectarum et odiorum, sicuti videmus monasteria adversus monasteria, ordines adversus ordines mutuo insanire et zelare. Germana autem illa et universalis charitas ab Apostolo i. Corin. xiii. [1. Cor. 13.] descripta, quae omnibus exposita est, amicis et inimicis, ad serviendum, est illis prohibita et illicita. Quia, ut supra diximus, religioso non licet exire monasterium, visitare infirmos et alia Christiana obsequia impendere, etiam si opus sit et possit: imo contra pervertentes omnia, positis manuum operibus, ipsi ociosi sinunt solis sibi benefieri a toto mundo, omnium substantiam devorantes, bene sani et robusti, magno etiam incommodo vere pauperum, rependunt vero suis benefactoribus spiritualia opera misericordiae, quae sunt cultus ille dei, quem supra descripsimus, multum murmurando, boando, halando, legendo &c. In primis autem Missae illae execrabiles et abominabiles coram deo.
Así, si bien es cierto que puede ejercerse el amor cristiano entre los religiosos mismos, mediante el servicio que unos prestan a los otros, en la práctica, sin embargo ello no sucede. El amor es algo que se ejerce libre y espontáneamente, no con restricción a determinadas personas; ellos en cambio lo hacen extensivo sólo a los suyos y a sí mismos, descuidando por completo a los demás; tal amor es ficticio y fomenta facciones y odios, como lo vemos en las encarnizadas luchas de un convento contra otro, y de una orden contra la otra. Aquel amor genuino y universal, descripto por el Apóstol en 1 Corintios 13, que ofrece sus servicios a todos por igual, tanto amigos como enemigos: ése es para ellos cosa prohibida e ilícita. Pues como ya dijimos, a un religioso no le es lícito salir del monasterio, visitar enfermos y dedicarse a otros servicios cristianos, ni siquiera cuando existe la necesidad y posibilidad de hacerlo; por el contrario, a despecho de toda sana práctica, se quedan con los brazos cruzados, permitiendo que el mundo entero los colme de bienes a ellos solos; sanos y robustos, devoran el sustento de todos, incluso para gran perjuicio de los que en verdad son pobres. Y a sus benefactores les pagan con sus obras espirituales de misericordia, tales como aquel culto divino antes descripto, el mucho murmurar, el gritar, el cantar cadenciosamente, el leer, etc. Pero lo que ante todo es execrable y abominable delante de Dios son esas famosas misas.
Hac figura verborum et extinguunt vera illa, quae Christus exigit, opera misericordiae et seipsos solantur super extinctione eiusmodi, ne quando impietatem hanc agnoscant et poeniteant et venia digni fiant. Si pro solis adolescentibus eum morem servarent, ne passim liceret vagari, quo aetas mollior et fluxa facilius frenaretur et in monasteriis disceret domesticam charitatem, quam postea in publico exhiberet communem omnibus, tolerabilis, imo bona foret institutio. Nunc vero tota vita pueri sunt et domesticam discunt charitatem, imo eam summam et solam arbitrantur. Videmus autem divinum opus in Bernhardo et similibus, quos ne in puerili illa et angusta charitate relinqueret, rapuit in medias res mundi magnas et multas, ut in iis charitas genuinam suam vim ostenderet, diffusa dilatataque ad omnes, omnibus exposita et parata, atque hoc secreto miraculo illos servavit, ne perirent in damnabili isto instituto angustae et fictae charitatis, in qua caeteri hoc opus dei non intelligentes perierunt. Quanquam non negem aliquos ea charitate salvos factos, qua solis suis servierunt, quod occasio eis defuerit et aliis servire, cum ipsi parati essent omnibus servire. Ipsum institutum damno, quod prohibet servire aliis quam suis monasticis.
Con esa vana palabrería extinguen lo verdadero que Cristo exige, las obras de misericordia, y se consuelan a sí mismos de esa desaparición, no sea que algún día reconozcan su impiedad y se arrepientan de ella, y se hagan dignos de la gracia. Si esta costumbre (de recluirse en el monasterio, etc.), la observasen sólo en bien de los cofrades adolescentes, para no permitirles la posibilidad de vagar por todas partes, para poder refrenarlos tanto más fácilmente en esa su edad algo débil e inconstante, y para enseñarles en el monasterio el amor familiar que más tarde habrán de practicar en público y para con todos sin discriminación: entonces sería tolerable, y hasta se podría llamar una buena institución. ¡Pero en toda su vida son en realidad niños, y en toda su vida no aprenden otro amor que ese «amor doméstico», y para colmo creen que es el supremo y único amor! Pero veamos sin embargo el obrar divino en hombres tales como San Bernardo y otros: para no abandonarlos en ese amor pueril y estrecho, Dios los arrojó en medio de los muchos y grandes negocios de este mundo, para que en ellos el amor mostrase su verdadera fuerza, inundando y abarcando a todos, ofreciendo sus servicios a todos; y mediante este oculto milagro, Dios los preservó de perecer en aquella condenable práctica del amor estrecho y ficticio en la cual los demás, no entendiendo el obrar divino, perecieron. No quiero negar, por otra parte, que algunos llegaron a ser salvos aun teniendo un amor que se prodigaba a los suyos solamente, por cuanto les faltaba la ocasión de servir a los demás, si bien estaban sinceramente dispuestos a servir a todos. Lo que condeno es la práctica misma, porque prohíbe servir a persona alguna que no sea hermano del mismo convento.

6 de maig 2013

Book Review

Francisco Bravo. El sacerdocio común de los creyentes en la teología de Lutero. Vitoria: Eset, 1963. (Victoriensia, publicaciones del Seminario de Vitoria ; 16).

Un consejo para empezar: Siempre que veáis un libro de autor español que hable sobre Lutero, interesaros en primer lugar por saber algo de quien lo escribe. A menudo veréis que los que hablan de Lutero en esos libros son curas o monjes papistas, siendo así que ya sabemos de antemano lo que van a decir. No necesitamos abrir el libro para saber que tales autores harán una exposición deshonesta de las enseñanzas de Fray Martín y que llegarán a conclusiones que, evidentemente, ya están contenidas en las múltiples bulas que el papa de Roma ha emitido sobre la materia. Nada nuevo aportan y sí mucho de tedio y reiteración vestida de una supuesta erudición, que en el mejor de los casos (Villoslada) se limita a la acumulación de datos. Nada más.
Del estudio que nos ocupa, el autor es Francisco Bravo, que se presenta a sí mismo como "Doctor en Sagrada Teología". No sé de qué universidad, pero estando la obra publicada en Vitoria por el Seminario Diocesano, seguramente sería un profesor ligado a aquellas tierras vasconavarras. El libro es de 1963 (ya te puedes hacer una idea, querido lector, del ambiente de la época) y en la contraportada aparece un "Nihil obstat" de José Zunzunegui, censor, lo cual ya es de por sí bastante chusco. A pesar de todo, quiero ser optimista y pensar que el contenido del libro está de acuerdo con los aires de renovación y ecumenismo que soplaban desde el Concilio Vaticano II que por entonces (1962-1965) tenía lugar en Roma.
La presentación del tratado corre a cargo de Enrique del Sagrado Corazón (como lo lees), O.C.D., es decir carmelita ("Ordo Fratrum Discalceatorum Beatissimae Mariae Virginis de Monte Carmelo") y catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca. El Sr. Sagrado, después de cantar los beneficios del ecumenismo, escribe: "por todos los caminos se busca la unión de los cristianos en una sola y única Iglesia: la Iglesia de Roma" (p. viii). Realmente ésta es una excelente definición de lo que significa el ecumenismo para un romano. Y continúa: "Con marcada insistencia los últimos Papas han invitado a los cristianos separados a volver al redil del único Pastor: Jesucristo". Bueno, Sagrado, te quedaste bien descansado cuando escribiste tal sandez. Al redil tenéis que venir vosotros, porque los cristianos [evangélicos] NUNCA, NUNCA hemos confesado a otro pastor que no fuera Jesucristo. Sólo cabe recordar aquí las palabras del Dr. Lutero: "No nos hemos separado nosotros de la Iglesia; es ella la que se ha separado de nosotros, ella que es la Iglesia del anticristo, mientras que nosotros somos la verdadera iglesia cristiana" (citado por Villoslada II, 16). En fin, que este comentario de buenos y malos, Sagrado, te lo podías haber ahorrado.
Después hablas de perseguir como meta "una unidad de fe", pero esto es la forma habitual que tenéis los papistas de decir que queréis ver a todos los cristianos bajo el báculo del papa de Roma, y eso nunca lo conseguiréis. La presentación sigue, plagada de juicios de valor negativos hacia el Reformador alemán. P. ej.: dice que Lutero despertó la conciencia de muchos a favor de los laicos, y a reglón seguido advierte: “aunque él se extralimitase en sus juicios y apreciaciones”. O que puso de relieve el carácter teológico o eclesial de los laicos, pero “con criterio extremista en muchos problemas vitales”. Como puedes ver, cualquier opinión lejanamente positiva hacia Lutero es corregida inmediatamente por otra de signo contrario, emitida ex catedra y con ese tono profesoral tan irritante que tienen los papistas cuando se refieren a asuntos teológicos. Si esto es espíritu ecuménico…
Sobre la obra en sí, Sagrado dice que el Dr. Bravo ha bebido en las fuentes directas de los escritos luteranos y que, por eso, ha logrado “una interpretación recta y objetiva de su pensamiento”. Bueno, sin leer la obra y solo con estos antecedentes, ya te digo yo que la interpretación no será ni recta ni objetiva. Su estructura expositiva consta de tres partes. La primera, de carácter analítico, sobre los fundamentos de la doctrina luterana en relación al sacerdocio universal. La segunda, de carácter sistemático, donde el autor “expone […] el aspecto negativo de la cuestión (lo que no es sacerdocio común en la doctrina luterana)”. La parte tercera es el contraste entre lo que defiende Lutero y, por supuesto, la doctrina católica sobre el tema (que Lutero trató en repetidas ocasiones “con deplorables extremismos”). Queda claro, ante tanta insistencia, que para Sagrado Lutero era un extremista radical de la peor especie. ¡Ay, qué poco saben disimular estos papistas! ¡Ni siquiera pueden ser mínimamente objetivos en una presentación! Entonces, ¿para qué seguir?
Ahora viene el prólogo del autor, cuyo análisis dejaremos para más adelante.

5 d’abr. 2013

Las nuevas comunidades reformadas


[…] alle Getaufte Priester seien und jene geweihten Priester vor ihnen nichts als den öffentlichen Dienst am Evangelium voraus haben, diesen aber auch treu und gewissenhaft sich zur Pflicht machen sollen; jene Weihe sei nichts als ein kirchlicher Brauch für die Bestellung der Prediger.


"Todos los bautizados son por igual sacerdotes; mas no todos deben ejercitar los ministerios del culto. Es preciso que sean elegidos por la comunidad local... Si en alguna localidad no hubiera ningún presbítero, bastarían los padres de familia para enseñar la doctrina evangélica... La condición necesaria para ser elegido ministro del culto, pastor o presbítero, es la idoneidad para enseñar la palabra".

La comunidad -dice P.R. Santidrián- está basada en el bautismo, el evangelio y la eucaristía (que no es necesaria para la salvación). Entre las diversas comunidades no habrá otra unión que la del espíritu. Nada de leyes coactivas, sólo la palabra de Cristo.
La estructura de la comunidad reformada es de base popular. La comunidad elige a los ministros y les delega sus poderes. Todos están sometidos a la comunidad, son como funcionarios civiles, sin carácter indeleble, sacramental. En este primer intento de comunidad democrática y carismática, Lutero llega hasta la creación de una caja común, administrada por un comité de nobles, burgueses y campesinos.
[...]
¿Qué es la Iglesia? "Es la comunidad de los que creen en Cristo", "el común de todos los cristianos", "el santo pueblo cristiano". La fe común es el lazo invisible que une a todos los cristianos. Por eso "la Iglesia es invisible", porque la fe es invisible y porque Cristo, su cabeza invisible, sólo se reconoce por la fe.
Los únicos signos visibles de la Iglesia son el bautismo, el pan y el Evangelio. "Donde veas que no está el Evangelio, allí no está la Iglesia...".

Pedro R. Santidrián. Lutero. Madrid: Labor, 1991 (Grandes personajes), pp. 115-116.