11 jul. 2011

La cosa se pone fea.

Hoy, 11 de julio de 2011, ha sido un día aciago para España. La prima de riesgo de la deuda soberana por las nubes, la bolsa por los suelos, más paro, menos riqueza... Todo son malas noticias. Ante esta situación tan dramática (los diarios dicen que nos asomamos al precipicio de la bancarrota) parece mentira que el gobierno zapateril siga ahí, hablando sin decir nada y generando más inseguridad de la que el país se merece. Porque la crisis económica que padece España ha servido para ponernos a todos ante el espejo de nuestra propia miseria. Muchos analistas económicos hay entre nosotros que nos contarán cuáles han sido las causas reales de la derrota española, de su insolvencia como país. Ellos nos mostrarán hasta qué punto hemos sido gobernados por políticos irresponsables que han gastado más de lo que tenían, que no han afrontado las reformas necesarias y urgentes que hubieran evitado el colapso, que han mirado hacia otro lugar cuando debían asumir su responsabilidad, que han preferido ser populistas a gobernantes responsables. Todo esto quedará en las hemerotecas, es cierto, pero mucho me temo que nada de ello servirá para que las generaciones futuras aprendan la lección. Cuando salgamos de ésta -si es que salimos- volverá la irresponsabilidad, la falta de seriedad y el populismo rampante. En definitiva, volverá el político zapateresco, esa clase de dirigente que se maneja bien en el regate corto, buen táctico que sabe medir los tiempos, escaso de formación y sobrado de mesianismo. ¿De verdad pensaba nuestro ZP que con no hablar de la crisis, ésta pasaría de largo? ¡Dios mío!
Pero lo cierto es que el fracaso ha sido generalizado y, por tanto, ha sido un fracaso de país. La globalización ha puesto a España en el sitio que merece, es decir, a la cola de todo. Es duro oírlo, pero lo es más asumirlo. Pensábamos que éramos un país de champion (ZP dixit) y resulta que somos un país de pandereta y toros. Eso no nos lo hemos quitado de encima. Y es que la causa última de nuestro desastre está en nosotros. ¡Basta de hacernos trampas al solitario! Sí, ya sé que es muy fácil en situaciones como la actual dar la culpa a los demás: que si los políticos, que si los bancos, que si los mercados, etc. No soy yo de esos. Nadie, absolutamente nadie, te dirá que la culpa de esto es única y exclusivamente de los españoles, al menos de la mayoría de ellos, que con sus votos y con su mentalidad han decidido el destino del país. Yo sí. Y hablo de mentalidad porque es ahí donde está el problema, la madre del cordero. Todo lo demás son consecuencias. No tengo espacio en este pequeño blog para hacer un catálogo de todos los males que hay en la cabeza de los españoles, de cómo su forma de pensar se resiste al capitalismo, sólo diré que con esa mentalidad no se puede ir ni a la vuelta de la esquina. Ahora entremos en harina.
Parafraseando a un entrenador de fútbol inglés, diría que el trabajo no es lo más importante en la vida de una persona, sino lo único importante. En efecto, en contra de la opinión generalizada, nosotros los protestantes pensamos que la vida del individuo gira en torno a su trabajo, por eso es necesario que invirtamos más tiempo en formarnos mejor, porque de ello depende nuestra... felicidad. El trabajo es a un hombre lo que la economía a un país. ¡Así es de importante! ¿Crees que digo una perogrullada? Al contrario, desde el sistema educativo hasta las prejubilaciones anticipadísimas, todo en España apunta a que los españoles -en general- no aceptan este principio axiomático y que anteponen otras cosas a las que conceden muchísimo más valor: la familia, los amigos, viajar,... el fútbol (?), los toros (??) y otras simplezas por el estilo. Huyen del trabajo como si de una maldición bíblica se tratase. No, no. La familia, los amigos y todo eso está muy bien, pero lo que el individuo debe buscar con ahínco es un trabajo suficientemente remunerado, alta o medianamente cualificado que le permita llevar una vida en la que todos esos otros elementos puedan convivir. Pero ¡ojo! Un trabajo requerido por la sociedad en la que se vive, pegado a las necesidades de nuestros conciudadanos. La formación debe ser buena, pero sobre todo adecuada. Y eso sólo se consigue con un esfuerzo personal titánico, constante en el tiempo y guiado por el pragmatismo más descarnado. Nuestras cortas vidas deberían ser eso: un reto sin descanso por ser competitivos (la "rat race" que dicen los americanos). La escuela, la empresa, las leyes, la moralidad pública (si aún existe), las grandes instituciones de todo tipo y condición (partidos, sindicatos, tribunales,..), en suma, el país en su conjunto debe valorar, fomentar, asistir, premiar, acentuar, exacerbar... el trabajo. En una palabra: debe "protestantizarse". No hay otra solución.
Así comprenderás por qué no existe ningún país protestante en el mundo que tenga problemas económicos, o mejor dicho: por qué los países protestantes afrontan los retos económicos (los auténticos retos) de forma existosa. Porque no tienen equipaje cultural, no están apegados a tradiciones absurdas y siempre, siempre se están reformando. Este principio les viene de la época de la Reforma, cuando los grandes reformadores (empezando por el Dr. Lutero) formularon el siguiente principio: "Ecclesia semper reformanda est" (La iglesia debe ser reformada siempre). La iglesia es una institución divina -pensaban ellos-, pero participada por hombres y eso la hace corrompible, es decir, que no es extraño que en ella se introduzcan elementos ajenos, tradiciones humanas, que perviertan la pureza original de la iglesia. Por eso, la iglesia necesita continuamente afrontar reformas que eliminen esas excrecencias que el tiempo produce y la voluntad humana sanciona. Este principio, trasladado a la política, hizo que los países protestantes eliminaran las tradiciones de raíz y que estén preparados en todo momento para reformarse, para adaptarse a las circunstancias cambiantes del mercado (como dicen los economistas), sin poner en cuestión la existencia del país. Porque para un protestante (o sea, un cristiano, aunque sea nominal) la pertenencia a un país no se basa en realidades tangibles, cosas externas que el tiempo derrota tarde o temprano. La pertenencia a un país se basa en principios intangibles, la adhesión a esos principios es mental -yo diría espiritual- y eso les hace más potentes, mejores.

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