15 abr. 2014

La misión de Calvino

  • "En cuanto al reproche que me han hecho, de que me he separado de la Iglesia, no me siento culpable en absoluto. A no ser que se considere traidor a aquél que, al ver a los soldados confusos y extraviados, corriendo de un lado para otro, y abandonando sus puestos, levanta la bandera de capitán y les llama y les pone de nuevo en orden. Pues todos los tuyos, Señor, estaban tan extraviados que no sólo no podían oír lo que se les ordenaba, sino que parecía que ya no se acordaban de su capitán, ni de la batalla, ni del juramento que habían hecho. Y para apartarles de este su error, no he levantado una bandera extraña, sino aquel Tu noble estandarte que debemos seguir si queremos alistarnos en Tu pueblo. Y en este punto, los mismos que debían mantener en orden a estos soldados y que les habían llevado al error, se han alzado contra mí; y porque he persistido con gran constancia, se me han enfrentado con gran violencia; y han comenzado a amotinarse de modo tal que se encendió el combate hasta romper la unión. Pero ¿de qué lado está la culpa? Tú, Señor, lo debes decir y decidir. Por mi parte, siempre he demostrado con palabras y con hechos cómo deseaba la unión y la concordia: pero me refería, no obstante, a aquella unión de la Iglesia, que comienza en Ti y acaba en Ti mismo. Pues cuantas veces nos has recomendado esta paz y unión, has declarado al mismo tiempo que Tú eras el único vínculo para conservarla y mantenerla. En cuanto a mí, si hubiese querido tener paz con los que se vanagloriaban de ser los primeros en la Iglesia y los pilares de la fe, la hubiera tenido que comprar con la renuncia de la verdad. Pero preferí más bien exponerme a todos los peligros del mundo antes que condescender con un pacto tan execrable. Pues tu mismo Cristo nos anunció que si el cielo debía perecer juntamente con la tierra, Tu Palabra sin embargo tenía que permanecer eternamente (Mt. 24,35)."
  • "As to the charge of forsaking the Church which they were wont to bring against me there is nothing of which my conscience accuses me, unless, indeed, he is to be considered a deserter, who seeing the soldiers routed and scattered, and abandoning the ranks, raises the leader's standard, and recalls them to their posts. For thus, O Lord, were all thy servants dispersed, so that they could not, by any possibility, hear the command, but had almost forgotten their leader, and their service, and their military oath. In order to bring them together, when thus scattered, I raised not a foreign standard, but that noble banner of thine whom we must follow, if we would be classed among thy people. Then I was assailed by those who, when they ought to have kept others in their ranks, had led them astray, and when I determined not to desist, opposed me with violence. On this grievous tumults arose, and the contest blazed and issued in disruption. With whom the blame rests it is for thee, O Lord, to decide. Always, both by word and deed, have I protested how eager I was for unity. Mine, however, was a unity of the Church, which should begin with thee and end in thee. For as oft as thou didst recommend to us peace and concord, thou, at the same time, didst show that thou wert the only bond for preserving it. But if I desired to be at peace with those who boasted of being the heads of the Church and pillars of faith I behoved to purchase it with the denial of thy truth. I thought that any thing was to be endured sooner than stoop to such a nefarious paction. For thy Anointed himself hath declared, that though heaven and earth should be confounded, yet thy word must endure for ever, (Matthew 24:35.)"

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